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No hay plazo que no se venza, dice el
lugar común.
Nada
más cierto, Joaquín.
En
medio de tantas y acaloradas discusiones políticas parece habérsenos olvidado
que a partir del uno de enero de 2008, dentro de siete meses, caerá una más de
las barreras fronterizas: la barrera que mal que bien protegía a los campesinos
mexicanos de la competencia de los productos agrícolas norteamericanos.
Hasta
ahora no sabemos de ningún programa gubernamental que intente suavizar el
efecto que el libre comercio de productos agrícolas de Estados Unidos tendrá en
México.
Vamos,
la percepción es de que ni siquiera se han estudiado con seriedad , con rigor
científico y económico, la posible gravedad de dichos efectos sobre la
población rural de México, una población donde se concentra la mayor pobreza y
la mayor desigualdad.
La
competencia es desigual, porque Estados Unidos entrega grandes subsidios a la
producción, comercialización y exportación de lo que producen sus agricultores.
Aquí,
en su espacio, he dado el ejemplo de manzanas importadas desde el Estado de
Washington, a cuando menos seis mil kilómetros de distancia de la ciudad de
México. Pues esas manzanas se venden más baratas que las manzanas producidas en
Puebla, a dos o tres horas de la ciudad de México.
La diferencia en el precio la explican los
subsidios norteamericanos.
Los
efectos económicos pueden ser devastadores, es cierto, Joaquín. Pero, ¿alguien ha calculado los efectos sociales?
¿Cuánto
más se deteriorará la vida de los campesinos mexicanos?
Y la
pregunta más importante, Joaquín: ¿aguantarán pacientemente este nuevo golpe?
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