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Desde muchos espacios surgen las quejas
por el sindicalismo mexicano.
Ayer, por ejemplo, María Amparo Casar, ex
asesora de Creel y miembro deL equipo de asesores para la Reforma del Estado,
se quejaba que la alternancia en la Presidencia de la República no ha hecho
cambios en los sindicatos ni en el entorno legal laboral.
Es cierto, Joaquín, que el sindicalismo
mexicano ha estado ligado al poder político durante muchos años, a cambio de la
tolerancia oficial de prácticas digamos no muy éticas.
Hay analistas que quieren una ofensiva
contra el sindicalismo.
Cuando el Secretario de Trabajo Javier Lozano
Alarcón hablaba de lo que el gobierno de Felipe Calderón considera debe ser una
reforma laboral, la señora Casar le dijo que sus planteamientos de respetar el
artículo 123 y los derechos laborales es una utopía.
Javier Lozano dijo algo muy importante.
En materia de reforma laboral, como en cualquiera
otra reforma, sólo se puede aspirar a cambiar lo que sea viable cambiar. Nada
más pero nada menos.
Seguramente hay forma de corregir
algunas de las prácticas sindicales, como los sindicatos blancos. O exigirle a
los sindicatos comprobar ante la Secretaría la autenticidad de sus listas de
afiliados.
Pero insisto, Joaquín, tiene razón el
Secretario Lozano Alarcón, en la academia se pueden diseñar mil escenarios para
una reforma laboral, pero desde el gobierno sólo se puede aspirar a alcanzar
objetivos realistas.
En el gobierno no se lidia con teorías
sociológicas, económicas o políticas.
En el gobierno se trabaja en el México
real, no en el nintendo académico.
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