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Diariamente conocemos de atentados,
asesinatos, actos violentos de los criminales del crimen organizado del
narcotráfico.
Desde diciembre el gobierno del Presidente
Calderón emprendió una ofensiva contra el narcotráfico. Operativos regionales y
decomisos de droga y armas.
Pero la violencia sigue, dicen.
Hace poco me preguntaba si la sociedad
mexicana tendría el estómago para una batalla que siempre supimos sería
sangrienta.
Parece que no.
Ahora las élites políticas y sociales
cuestionan la participación del Ejército, como si la Constitución no le diera a
las fuerzas armadas la facultad de garantizar la seguridad interior, hoy
amenazada por la violencia del narcotráfico.
Algunos se tranquilizan porque es una
lucha entre bandas, como si no hubiera una campaña violenta para amedrentar a
mandos policíacos, jueces y periodistas.
Otros, con poco espíritu para esta lucha,
se asustan por la violencia y empiezan a revivir la propuesta de legalizar las
drogas. ¿De qué serviría legalizarlas en México, si en Estados Unidos no lo
hacen? Sería inútil, porque el gran mercado está allá.
Es posible que el gobierno del Presidente
Calderón tenga que revisar la actual estrategia, recordar que lo que está en
juego no es sólo la imagen presidencial. Está en juego el Estado Mexicano.
Poco se hará sin respaldo de la sociedad o
con un Congreso atrapado en sus mezquindades políticas.
A veces pienso, Joaquín, que muchos en las
élites políticas y sociales preferirían que nos rindiéramos a las mafias del
narcotráfico.
Y me pregunto si esta generación tenemos
el carácter, por decirlo así, para una batalla a largo plazo contra el
narcotráfico.
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