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Hoy es día del Niño, Joaquín, y muchos se
han empeñado en revelar que hay niños y niñas que son infelices.
Ese es el gran reto, Joaquín, quizá
cumplir con aquella receta de Oscar Wilde, en la cual prescribía que para hacer
buenos a los niños, sólo hay que hacerlos felices.
Pero también, Joaquín, hay que
protegerlos.
Protegerlos de una sociedad como la
nuestra que, pese a su presunta disposición a cuidar a los niños y a las niñas,
permite la existencia de tantas amenazas que les pueden dañar. A ellos, los más
vulnerables.
Es maniqueo, como algunos lo hacen,
especialmente en este día, asombrarnos por que hay niños pobres, que hay niños
que trabajan, que hay niños que son agredidos.
Si hacemos un esfuerzo de memoria,
Joaquín, y recordamos nuestra niñez, reconoceremos que no es algo precisamente
novedoso. Todos, en nuestra niñez supimos de pobreza, tuvimos que trabajar y
algunos también fueron agredidos física y sicológicamente.
¿Por qué destacar esas situaciones
desafortunadas? Porque sabemos que no hemos hecho lo suficiente para
cambiarlas.
Hay
que dejarlos ser niños y niñas
Pero hay que tratarlos como niños y niñas
que son. Muchos con infancia infeliz esperan de los niños y niñas que sean como
adultos chiquitos.
No lo son, Joaquín. Dejemos a los niños y
niñas vivir su niñez, pues sin importar las circunstancias, ellos sí saben
vivir.
Pues como dijo algún escritor francés cuyo
nombre no recuerdo: los niños siempre están ebrios, Joaquín, pero ebrios de
vivir.
Felicidades a todos los niños y niñas.
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