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Hoy
hace 13 años, Joaquín, asesinaron a Luis Donaldo Colosio.
Como
en todos los magnicidios, la bruma de los perversos intereses políticos ha
cubierto las pistas. Y sólo permanece ahí en Almoloya, Mario Aburto, el asesino
material, enredado en el laberinto de sus delirios.
Ni
los delirios de Aburto ni las versiones oficiales permiten saber quiénes fueron
los autores intelectuales del crimen.
Una
de las grandes lecciones del crimen es que en un ambiente envenenado por el
odio y el rencor todo puede pasar.
Como
todo, la figura de Colosio empieza a desdibujarse para las nuevas generaciones.
No
debiera ocurrir, porque sólo duerme el México bárbaro que afloró aquella tarde
del 23 de marzo de 1994.
Aquella
tarde el país se asustó, porque había ocurrido lo increíble: el crimen se
convirtió otra vez en herramienta para resolver las diferencias políticas.
Muchos
alegan que México ya cambió. Nos dicen que ahora todo es distinto.
No
lo sé, Joaquín, pienso que otra vez el ambiente empieza a ser envenenado por la
violencia verbal de los discursos de odio y rencor.
Y
porque no hemos cambiado tanto. Y porque a 13 años de distancia, sigue vigente
aquel discurso de Luis Donaldo Colosio del 6 de marzo de 1994, cuando en la
explanada del PRI decía:
“…
Veo un México con hambre y sed de justicia. Un México agraviado por las
distorsiones que imponen a la ley quienes debieran servirla. Un México de
hombres y mujeres afligidos por al abuso de autoridades o por la arrogancia de
las oficinas gubernamentales…”
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