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Esta
tarde noche llega a Mérida el Presidente de Estados Unidos George Bush para
sostener una ronda de pláticas con el Presidente de México Felipe Calderón.
La visita ha provocado intensas y
emocionales protestas que reviven el antiyanquismo siempre subyacente en
nuestra psicología mexicana.
Hay mucho escepticismo, porque muchos señalan
con razón que Bush es un presidente inválido. Le quedan 22 meses en el gobierno
y enfrenta a una oposición política que quiere arrinconarlo por lo que consideran
equivocada política en Irak.
Pero el Presidente de México Felipe Calderón
no puede está para lujos. Ni de arrebatos de emocional antiyanquismo y tampoco
irse como el Borras a provocar al inquilino de la Casa Blanca, pues por débil
que esté, Bush concentra un inmenso poder, político, económico y militar.
Más allá de antiyanquis emociones
ideológicas, el gobierno de México tiene que comportarse con gran pragmatismo.
Bush no viene sólo a ofrecer ayuda a los
países que visita, viene a buscar aliados contra la creciente influencia del
venezolano Hugo Chávez, quien con el dinero del petróleo facilita que el
Castrismo confronte una vez más a Estados Unidos por influencia en
Latinoamérica.
De alguna manera la visita de Bush intenta
forzar a México a tomar partido en esa confrontación.
Pienso, sin embargo, que la primera
obligación del Presidente Calderón es proteger y defender los intereses de
México y que desde esa
perspectiva, el Presidente Calderón tiene margen de maniobra.
Lo importante es no actuar como actuó Fox, porque a Fox le gustaba dar, aún antes de que le pidieran.
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