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Esta
mañana, sin remedio, Joaquín, me siento reconfortado.
Somos
un ejemplo de país globalizado. Según el diccionario de la lengua española
globalización significa la integración de las distintas economías mundiales en
un nuevo mercado mundial.
Y a
pesar de algunos pesimistas, estamos a punto de alcanzar la meta de país
cosmopolita.
Los modernizadores nos dicen que no nos
preocupemos porque el diccionario de la lengua española califica la
globalización como la tendencia de los mercados a extenderse hasta alcanzar
dimensiones mundiales que sobrepasan las fronteras nacionales y, por supuesto,
a los gobiernos mismos.
Imposible resistirse a la tendencia, mejor
seguir la corriente.
Como muestra de nuestra globalización, hoy
se anuncia que ya no será una empresa mexicana la que aportará tecnología para
el metrobús de la ciudad de México. Lo hará una brasileña.
Y muy pronto empresas españolas, italianas y
norteamericanas serán las concesionarias de las carreteras. Después de todo,
dice la leyenda, las empresas mexicanos quebraron.
Sobran ejemplos de nuestra mundialización.
Ahí están los bancos, norteamericanos, españoles, canadienses y británicos. O
los aeropuertos, mayoritariamente en manos españolas. O ferrocarriles, antes mexicanos,
hoy norteamericanos.
Y, si como tantos quieren, hay reformas, las
telecomunicaciones estarían en manos norteamericanas o españolas. Y, si le
hacen caso al ex embajador norteamericano en México, Jeffrey Davidow, pronto el
sector energético lo manejaría el eficiente capital internacional.
Seremos, pues, internacionales,
cosmopolitas.
Así las cosas, Joaquín, los festejos para
celebrar el bicentenario de nuestra Independencia
y el centenario de la Revolución, serán sólo para atraer turistas. Algo así como el ballet de Amalia
Hernández.
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