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Al leer los recuentos publicados en los
libros que narran los hechos del proceso electoral presidencial y el 2 de
julio, entiende uno las razones de la obsesión en los partidos por remover a
los consejeros del IFE.
Todas
y cada una de las decisiones que tomaron los consejeros del IFE empezaron a
generar un ambiente de hostilidad por aquellos afectados por esas decisiones.
Fueron
ingenuos los consejeros al creer que los partidos respetarían los acuerdos que
ellos mismos aprobaron. Olvidaron en el IFE que la única regla de la política
es que es el campo de la sinrazón y la mala fe.
Y
ahora les exigen que renuncien.
Confieso
que, a pesar de todo, pienso que los cambios que proponen los partidos en
materia electoral tienen la finalidad de debilitar la autonomía del IFE.
Nos
dicen que los consejeros ya no tienen la confianza de los partidos, pero en la
reforma de 1996 que le dio autonomía al IFE no se menciona ese requisito para
ser consejero.
Soy
partidario de negarle a los partidos un cheque en blanco para hacer retroceder
lo avanzado en materia electoral.
¿Por
qué? Porque, como ya se dijo, la reforma de 1996 le quitó al gobierno el
control de las elecciones, nos dio un organismo independiente y elecciones
razonablemente limpias.
Quizá
hay que hacer ajustes, pero no debemos aceptar la reforma propuesta, porque
terminaría con la independencia del IFE y le entregaría el control de las
elecciones a los partidos.
De la
sartén a la lumbre, Joaquín.
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