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Nos hemos pasado mucho tiempo, Joaquín,
quizá demasiado, en el intento de fijarle a la Nación objetivos comunes,
objetivos que contribuyan a reducir la desigualdad y la pobreza y, en
consecuencia a elevar la calidad de vida de todos los mexicanos.
Ha
sido una tarea agotadora, frustrante, pues a veces parece imposible cualquier
acuerdo. Parece imposible tener objetivos comunes, lo que se llama políticas de
Estado que trasciendan los sexenios y no sean sólo pasajeras banderas de
propaganda.
Algunos dicen que somos incapaces de
ponernos de acuerdo. Yo pienso que sí.
Ejemplo, hoy en Querétaro, puso el
Presidente Felipe Calderón dos programas que constituyen el mejor ejemplo de
políticas de Estado.
Puso en marcha la semana nacional de salud, que
incluye desde hace muchos años, una agresiva campaña de vacunación.
A pesar de las polémicas en torno a las
políticas de salud, las semanas de vacunación se han convertido en rutina
institucional.
Hoy también, como hace 47 años, se inicia
la distribución anual de libros de texto gratuito. Un programa que ha
sobrevivido nueve sexenios, Joaquín, otra rutina institucional e indispensable.
Los dos programas superaron la resistencia
inicial de muchos intereses, pero prevaleció la voluntad política.
Ojalá y la misma voluntad política que
permitió convertir en instituciones las semanas de vacunación y los libros de
texto, reaparezca para establecer otras políticas de Estado, las que hagan
falta, para resolver lo único que de verdad importa: empezar, poco a poco, a
liberar a millones de mexicanos de la vergonzosa pobreza y desigualdad en que
viven.
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