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Hace dos semanas, a esta hora,
respirábamos aliviados porque, después de todo, Felipe Calderón prestó protesta
ante el Congreso.
Y, como decíamos en este tu espacio,
Joaquín, las instituciones de la República aguantaron la embestida.
De
una u otra forma están funcionando. Y la mejor prueba Joaquín, es que hay mucho
de normalidad en las acaloradas discusiones que hubo esta semana.
¿Acaso no es algo muy normal que el
sistema educativo esté permanentemente atrapado en las disputas provocadas por
las más descarnados ambiciones de poder y las mezquindades políticas?
¿Acaso no forma parte ya de la normalidad
que a los funcionarios, a los legisladores y a los liderazgos sindicales les
interese únicamente utilizar a la educación como un arma más para alcanzar
triunfos pequeños e inmediatos?
¿Acaso no es parte la normalidad que hasta
muchos en los medios caigamos en la vorágine de lo inmediato?
¿Acaso no es normal que a veces seamos
involuntarios mensajeros de la sinrazón, la mala fe y las mezquindades de la
política?
Es normal el pleito anual por el
presupuesto federal. Hace falta dinero, dicen todos, pues que lo pongan los
demás.
Lo
que no es normal es que haya tanta intolerancia.
Por intolerantes, considero anormales los
extremos ideológicos. La democracia liberal a que aspiramos exige antes que
nada tolerancia, Joaquín, pero a veces parece que no tenemos remedio.
Leí, por ejemplo, una declaración del
historiador Francisco Martín Moreno. Cito: Juárez debió pasar por las armas a
todos los curas.
Tal declaración, Joaquín, la verdad no me
indignó, me entristeció.
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