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Estamos
en pleno diciembre, y como todos los años ya empezó la rebatiña por el
presupuesto federal.
Como siempre, la Secretaría de Hacienda
manda un presupuesto austero, lo cual permite abrir negociaciones con todos y
cada uno de los aspirantes a disponer aunque sea de una porción del presupuesto
de la Federación.
Se ha dicho muchas veces, Joaquín, que el
presupuesto federal es como una cobija, una cobija bajo la cual se quieren
meter todos.
Y la cobija no alcanza para satisfacer a
todos.
Luego ocurre que alguien tiene una brillante
idea: Si la cobija no alcanza para cubrirnos a todos, pues agrandemos la
cobija.
De inmediato empiezan las protestas. Todos
quieren que crezca la cobija, pero nadie quiere aportar para ese crecimiento.
Hay muchos que se benefician con las
exenciones fiscales. Todos dicen que no pueden eliminarse, porque va la vida de
la patria en ello.
Hace muchos años, de aquéllos que a veces no
quiere uno acordarse, Joaquín. Ya existía en México un impuesto al consumo de
alimentos y medicinas.
Los alimentos y medicinas más consumidos por
las clases populares estaban exentos de impuesto. Los alimentos de menos
consumo general, pagaban poco impuesto. Y pagaban mucho impuesto los llamados
alimentos de lujo.
Claro, eso hace mucho tiempo, cuando era más
fácil pagar impuestos. Algunos de tu auditorio recuerdan que le ponías unos
timbres fiscales a tus recibos. Antes de recibir el dinero, ya estabas pagando
el impuesto.
Sin tanta modernidad fiscal, la cobija, en
esos años, alcanzaba mejor que ahora.
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