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Casi todo el año nos la hemos pasado
discutiendo, peleando y se nos han olvidado algunos asuntos importantes.
Mientras discutíamos aquello del voto por
voto, a todos se nos olvidó que ya falta sólo un año para que la frontera
mexicana se abra totalmente a los productos agrícolas de Estados Unidos.
Se nos olvidó prepararnos para resistir la
competencia de productos agrícolas altamente subsidiados, como los de Estados
Unidos.
Y vaya que subsidian los norteamericanos a
sus agricultores. La llamada ley agrícola, aprobada hace cinco años, destina
cada año 20 mil millones de dólares al subsidio de agricultores, pero sobre
todo, a subsidiar a las grandes corporaciones agropecuarias.
¿Cómo podrían competir los campesinos
mexicanos con esas corporaciones agropecuarias? Vamos, ¿cómo podrán competir
hasta las empresas agropecuarias mexicanas?
Hay fórmulas, pero a nadie le interesa
encontrarlas. Quizá no les interesa, ni al gobierno ni a los partidos, abordar
el tema de la apertura agrícola. Más vale que les interese, Joaquín, porque si
los campesinos mexicanos no resisten la competencia de los elevados subsidios
en Estados Unidos, entonces cientos de miles de campesinos se arruinarán.
Y una vez arruinados los campesinos,
seguirán las empresas agropecuarias mexicanas, las cuales no podrán competir
con las gigantescas trasnacionales del sector.
De lo que estamos hablando, Joaquín, es de
la eventual ruina de cientos de miles de mexicanos.
Una ruina que, por los visto, Joaquín, a
nadie le importa, a pesar de que puede echar a perder los mejores planes de un
gobierno.
Estamos a doce meses de la apertura
agrícola, y nadie hace nada.
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