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A pesar de todo, tal parece que la vida
institucional, con altibajos y con obstáculos, empieza a recobrar un ritmo que
podríamos llamar normal, si tomamos en cuenta el rezago de rencores y agravios
que dejó el proceso electoral.
No sé si en el gobierno del Presidente
Calderón se han dado cuenta que ha llegado al poder una nueva generación de
políticos y funcionarios. Es la generación que sólo conoció las crisis
políticas y económicas que agobiaron a México desde 1975.
Hay un entreveramiento de generaciones.
Pero tienen que alejarse de los extremos
políticos.
Y alejarse de los extremos políticos exige
contener los impulsos de triunfalismo que, no por humanos, dejan de ser
riesgosos para un gobierno que empieza en las condiciones políticas en que
empieza el gobierno del Presidente Calderón.
El nuevo gobierno tiene que ser generoso
en la victoria. No debe ver a sus adversarios como enemigos a destruir.
No comparto muchas de las ideas de la
izquierda, pero sería un error que el nuevo gobierno creyera que la izquierda
debe desaparecer.
La izquierda, con todos sus defectos,
ofrece una visión de justicia social que, aplicada adecuadamente, contribuye a
que un gobierno no olvide su obligación primordial: mejorar la condición de
vida de todos los ciudadanos.
Pienso que en una democracia debe haber
espacio para la convivencia civilizada de todas las formas de pensar, para
todas las ideologías.
Sería una tragedia para la República que
se viera la realidad a través del cristal del maniqueo: acá están los buenos y
allá los malos.
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