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La sesión de Congreso General fue
tormentosa, turbulenta, pero a las 9:47 de la mañana, Joaquín, se realizó por
fin el Cambio de Guardia. Prestó Felipe Calderón su protesta constitucional
como Presidente de la República.
Por momentos preocuparon las imágenes de
la gresca. Inquietaron los forcejeos, los golpes y el ánimo crispado de los
legisladores, todos temimos lo peor.
Pero en medio de estos hechos inéditos,
Joaquín, hay razón para el optimismo.
Nadie quiso, a pesar de todo, dejar que
estallara una crisis constitucional, como la que hubiera estallado si el
Presidente Calderón no hubiera prestado la protesta ante el Congreso.
Por momentos se me ocurrió esta mañana que
los forcejeos, los empujones y los conatos de pleito eran parte de una puesta
en escena, una puesta en escena convenida previamente por los participantes.
Me atrevo a suponer que a pesar de las
declaraciones estridentes, hubo una negociación inteligente.
Porque ocurrió algo muy importante. Como
resultado de la ceremonia de esta mañana en San Lázaro, ninguno de los
protagonistas de las trifulcas de los últimos días perdió. Nadie fue humillado.
Y eso, Joaquín, es trascendente.
Todo mundo gana. Gana el Presidente
Calderón, gana el Congreso. Gana López Obrador, pues más allá del discurso
violento, tuvo el espacio para mantener vivo su movimiento.
Ya todos tuvieron su catarsis esta mañana.
Si no hay excesos de triunfalismo, pienso
que se abre el espacio para una reconciliación nacional.
Si
hay generosidad en el triunfo, se podrá restablecer el indispensable diálogo
entre las fuerzas políticas.
Que así sea, Joaquín.
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