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Hoy se cumplen 96 años del estallido de la
Revolución Mexicana.
La primera revolución del siglo 20; pero
también la primera que en su constitución, la de 1917, proclama por primera vez
derechos sociales, derechos sociales aún vigentes.
No son pocos los que descalifican a la
Revolución Mexicana por considerar que el gobierno de partido dominante durante
setenta años hizo de ella un mito.
Es posible que, como dicen los
historiadores, la Revolución Mexicana haya sido un movimiento en el cual los
objetivos eran distintos, y a veces contradictorios.
Pero sin la Revolución no se entendería el
México de hoy.
El régimen de partido dominante, tan
criticado, ha oscurecido los logros alcanzados durante el siglo 20. Logró que
las disputas políticas se resolvieran en la negociación, no por la vía armada.
No querían otra cosa los mexicanos,
agotados por años de revueltas armadas.
Y la
República pudo tener la paz social que todos ansiaban.
Seguramente muchos, muy calificados,
podrán explicar los acontecimientos que hicieron estallar la Revolución
Mexicana, y analizar con rigor académico sus consecuencias.
Más
allá de las académicas críticas históricas, a veces sesgadas por la ideología,
yo me quedo con una explicación más simple, la de un ciudadano de a pie, quien
me dijo:
Antes de la Revolución sólo un grupo
pequeño, muy pequeño podía tener acceso a las mejores posiciones políticas y a
las mejores posiciones económicas. El empleado no podía aspirar a dejar de ser
empleado, igual el obrero o el campesino.
Nuestros hijos estaban condenados a no
progresar.
La Revolución cambió todo eso.
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