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Leo esta mañana Joaquín, con cierta
inquietud, sobre supuestas gestiones que hacen Santiago Creel y Carlos Abascal
para convencer al PRD de que no interfiera con la ceremonia de la toma de
posesión el próximo uno de diciembre.
Si la información publicada es cierta,
Joaquín, resulta que los dos personajes –Creel y Abascal- quieren convertir al
IFE en moneda de cambio.
La reforma electoral de 1996 les dio
autonomía al IFE y al TRIFE para protegerlos de la sinrazón y de la mala fe de
la política.
Sería un precedente peligroso que para
resolver una coyuntura política se permitiera una agresión al IFE.
Porque lo de la toma de posesión es eso:
una coyuntura política.
El rencor perredista tiene su origen en
errores de comunicación cometidos por el consejo general del IFE, pero esos
errores, todos lo sabemos, no afectaron ni distorsionaron los resultados
electorales.
Así lo han demostrado innumerables
análisis independientes.
El hecho es que el IFE, como institución
autónoma, no había enfrentado las dificultades que crea una elección tan
competida, con resultados tan cerrados, como la presidencial del pasado 2 de
julio.
Y, a pesar de todo, nadie garantiza que
sus antecesores, los del IFE de José Woldenberg, no hubieran tenido
dificultades similares.
La autonomía del IFE tiene como objetivo
facilitarle a los consejeros tomar las decisiones sin sentirse amenazados o
amedrentados.
Si los señores Abascal y Creel aceptan
destituir al actual consejo general del IFE, cometerán un error histórico.
Un error que pagaremos los mexicanos con
más desorden, con más confusión y con un mayor debilitamiento del Estado.
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