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Han sido horas de declaraciones acerca del
muro fronterizo que aprobó el Congreso norteamericano.
Todos han opinado, desde el Presidente de
la República y su vocero, el canciller Derbez, el Presidente Electo, los
políticos de todos los partidos y uno y que otro dirigente empresarial.
Y gritamos, blandimos el puño y reclamamos
a los norteamericanos que se atrevan a construir ese muro que hará que sea cada
vez más peligroso para los mexicanos entrar ilegalmente a Estados Unidos.
Todo ha sido inútil. El Presidente Bush
firmó el proyecto de ley y ahora sólo falta que los norteamericanos dispongan
de recursos para que se construya esa barrera entre México y Estados Unidos.
De nada valieron tantas y valientes
declaraciones. Primero, porque las declaraciones son para adorno de los
políticos aquí, en México.
Segundo, porque el muro es más que una
barrera, es una maniobra política, sobre todo ahora que los republicanos están
luchando para no perder la mayoría en el Congreso de Estados Unidos.
Es una maniobra electorera.
Al final del día, los emigrantes seguirán
ingresando ilegalmente a territorio norteamericano. Lo seguirán haciendo mientras
en México no se generen empleos bien remunerados. Y, mientras aquí en México se
proclame como logro que esos mexicanos envíen tantos dólares a sus familias.
Si toda la energía que empleamos en gritar
y protestar, fuera utilizada para aplicarnos a hacer lo que sea para que los
mexicanos se queden en México, seguiría habiendo migración, pero dejaría de ser
una sangría del recurso más valioso que tiene México: las personas.
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