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Es de mal gusto contar los años, cuando de
la vida propia se trata.
Por ejemplo, recordar que hace 38 años de
la matanza del 2 de octubre de 1968, Joaquín, es hablar de otro México.
De un México sólo conocido de oídas por
casi la mitad de los mexicanos que viven en este 2006.
Después de Tlatelolco, México se convirtió
en escenario de confrontación sangrienta de ideologías, porque México era pieza
del ajedrez brutal de la guerra fría.
Algunos dicen que en Tlatelolco aquella
noche de un 2 de octubre empezó la larga agonía del sistema político surgido de
la Revolución Mexicana.
Quizá tengan razón, quienes dicen que fue
el principio de lo que ocurrió aquel 2 de julio de 2006, cuando el PRI perdió
la Presidencia de la República y la entregó, quizá a regañadientes, pero la
entregó sin violencia y sin estridencias.
La transmisión del poder a un partido
adversario del PRI fue en realidad una implosión de aquel sistema.
Pero, para las élites políticas, el 2 de
octubre del 68 es un trauma que muchas veces las ha inmovilizado. Y, al
inmovilizar a las élites políticas, muchas veces ha paralizado al Estado
Mexicano.
Cada uno de los que vivíamos hace 38 años
tenemos nuestros propios recuerdos. Cada recuerdo es distinto.
Hay quien recuerda la mañana del 3 de
octubre de 1968, cuando dormido en la redacción fue despertado por don Gabriel
Alarcón Chargoy, quien le dijo: “ya tienes la planta”.
Y allí, Joaquín, empezó todo.
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