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Soy de quienes piensan que López Obrador
cometió un error al aceptar la proclamación de “presidente legítimo”. Pero
también pienso que, a pesar del escándalo provocado por esa decisión, aún
mantiene su movimiento dentro de los márgenes de la ley.
López Obrador tiene el reto de mantener el
impulso conseguido en la llamada “convención nacional democrática”.
A los militantes del llamado Frente Amplio
Progresista, les será difícil, muy difícil fortalecer esa organización, se
podrían debilitar los partidos, disolverse en el frente, con lo cual
arriesgarían todo lo ganado.
Eso preocupa a muchos, especialmente a los
perredistas auténticos, quienes creen que perderían la posibilidad de ganar una
mayoría legislativa en las elecciones de 2009.
Pero el reto más formidable para López
Obrador será moderar los excesos verbales, los suyos y los de sus seguidores.
A diferencia de muchos, no pienso que sean
simples discursos, sólo retórica.
No pienso que los excesos verbales sean
inofensivos.
El reto es también para los partidarios
del señor Calderón, pues tampoco son inofensivos sus excesos verbales.
Los perredistas y los panistas que hacen
declaraciones, lanzan acusaciones, amenazas y amargas críticas pueden creer que
se trata sólo de una táctica.
Olvidan que hay gente que sí les cree. En
uno y otro bando.
Y ese es el riesgo, pues la historia
reciente de México nos ha demostrado que la violencia verbal no es inofensiva.
En la historia reciente de México vimos el
terrible ejemplo de cómo puede ser espantosamente sencillo pasar de la
violencia verbal a la violencia física.
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