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Voy a comentar hoy, Joaquín, un suceso de
1968.
Año de tantas turbulencias, que eran más
que serios los rumores de que la situación era propicia para que el Ejército
asumiera el poder.
Una noche del otoño de aquel 1968, el
secretario particular del Presidente Díaz Ordaz le informó que habían llamado
de la Secretaría de la Defensa para informar que venían en camino a Los Pinos
el Secretario de la Defensa y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. No pedían
cita, avisaron que venían a Los Pinos.
Era tal el ambiente político social, que
Díaz Ordaz contó años después que estaba seguro que la visita del alto mando
del Ejército era para exigirle que dimitiera y así tomar ellos el poder.
Informado de que habían llegado los
generales, se dispuso a enfrentar el trance con dignidad. En su despacho de Los
Pinos se colocó la banda presidencial y de pie esperó.
Entraron los generales, con semblante
serio y adusto.
Se alinearon frente al escritorio
presidencial. El general Marcelino García Barragán, Secretario de la Defensa,
dio un paso al frente y habló:
“… Señor Presidente, hemos venido a
ratificarle la lealtad del Ejército a las instituciones de la República y a su
comandante supremo”.
Díaz Ordaz sólo se acercó al general
García Barragán, le dio un abrazo y las gracias a nombre del gobierno de la
República.
Apenas un ejemplo de lo que ha significado
y significa la lealtad del Ejército a las instituciones y a la Constitución.
Una lección para nosotros, los civiles.
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