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Estamos a pocos días de que el Tribunal
Federal Electoral de su fallo sobre la validez de las elecciones.
Es probable que se declaren válidas. Y,
como tantos están seguros de que luego como consecuencia lógica será declarado
Presidente Electo Felipe Calderón Hinojosa, pues ya empezaron muchos a frotarse
las manos porque, piensan, ahora sí se podrán hacer las reformas estructurales.
Es como pensar que en las elecciones del 2
de julio aquél que probablemente sea declarado Presidente Electo cuenta con un
mandato.
Ni Felipe Calderón tiene un mandato para
imponer sus programas, ni López Obrador tiene un mandato para hablar por la
mayoría.
Contra cada uno de ellos votó en contra el
65 por ciento del electorado.
El eventual Presidente Electo habrá de
revisar a fondo sus programas de gobierno, porque la votación fue muy cerrada.
Pero como decía Enrique Guzmán, el mar
marea, y en el equipo del presunto ganador se percibe un ánimo de triunfalismo
que les puede ser muy perjudicial. Pelean desde ahora por posiciones en el
gabinete.
Pero nada es normal, Joaquín.
Por mil razones nada es normal, nada puede
ser normal. Y tendrán que negociar todo, con todos.
Sin negociar no se puede lograr ninguna
reforma. Y para negociar hay que disponerse a ceder en algo, para ganar algo.
Sólo los ingenuos creen que los
presidentes priístas imponían y no negociaban.
Para negociar hay que conciliar.
Y el triunfalismo no es conciliación. El
triunfalismo ayudaría a López Obrador a profundizar la crisis política.
El peor de los mundos.
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