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No creo, como tantos dicen, que sea
relevante si el movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador se
desfonda, esto es, si deja de participar un número importante de los que ahora
le siguen.
No es relevante, porque quienes
permanezcan en el movimiento serán los más exaltados. Y entre esos partidarios
de López Obrador el fervor es casi religioso.
Se han convertido en devotos exaltados con
un nivel de intolerancia que a veces es irracional.
La presentación de López Obrador como la
víctima de un presunto fraude electoral y la violencia verbal puede ser parte
de una táctica de lucha política, pero nunca se dirá suficientes veces que la
violencia verbal no es inofensiva.
La violencia verbal fue el signo de la
campaña electoral, con un perverso cultivo del odio y el rencor.
Y en esta etapa del conflicto
postelectoral la violencia verbal sigue, entre los amigos de López Obrador, y
entre los enemigos de López Obrador.
Por
eso el clima de encono en el que los adversarios son considerados como enemigos
a quienes hay que destruir, como sea.
Así actúan muchos seguidores ilustrados de
López Obrador afanados en dedicar sus espacios al linchamiento de los
periodistas que no se arrodillan ante el altar del lopezobradorismo.
Y López Obrador los azuza.
Por eso tantos perredistas ilustrados
insultan, calumnian y lanzan hasta amenazas de muerte contra los infieles
periodistas que no creen en el evangelio del Zócalo y Reforma.
Lo
único que consiguen es que muchos hayan llegado a una conclusión: ¡qué bueno
que no ganaron!
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