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Qué bueno, Joaquín, los perredistas que
bloquean el Paseo de la Reforma nos hicieron el favor de abrir algunos cruces
de esa importante vía de la ciudad de México.
Qué bueno, Joaquín.
Pero que conste, Joaquín, es un favor que
nos hacen, sólo porque empezaron las clases en las escuelas.
¿Y cuándo le harán el favor de los
mexicanos que han sido suspendidos en sus trabajos, porque los propietarios de
muchos establecimientos no tienen clientes, y por lo tanto, no tienen dinero
para pagarles los sueldos?
¿Y los despidos de tantas pequeñas
empresas que son proveedores de todos esos establecimientos?
Eso, Joaquín, no tiene para cuando.
El pan que no falta en la mesa de todas
esas distinguidas personas que pelean, según ellos, porque haya democracia,
falta en las mesas de los hogares de aquellos que han sido despedidos por los
negocios afectados por el bloqueo.
Esos mexicanos, Joaquín, como han dicho
tantos distinguidos perredistas, esos que se fastidien.
Reclaman porque no entienden que su
sacrificio es por una causa superior.
Esa causa superior es, por supuesto, la
purificación de la vida de la República.
No sé, Joaquín, cuantos ciudadanos padecen
por ese glorioso propósito.
Mientras ordenan el postre, los dirigentes
de la coalición por el bien de todos nos explicarán que esas personas afectadas
son simplemente un daño colateral.
Como los nihilistas del siglo 19, dirán
que para hacer tortilla de huevo hay que romper cascarones.
Sólo, Joaquín, que en este caso no se
trata de cascarones, sino de personas a quienes los bloqueos les impiden llevar
el pan a la mesa de sus hogares.
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