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Hasta hace unas dos semanas ha entrado en
el radar de la opinión pública el conflicto de Oaxaca, Joaquín. Demasiado
tarde.
Ayer hablé con algunos oaxaqueños. Están
desesperados porque la capital del Estado ha cumplido ochenta días de haber
sido secuestrada, primero por el magisterio de la sección 22 del SNTE y luego
por las organizaciones más radicales de Oaxaca, como lo reconoció el
Arzobispado de aquella ciudad.
Reconocen los oaxaqueños que el gobernador
Ulises Ruiz ha cometido muchos errores y actos autoritarios, pero también temen
que su caída provoque algo peor. Están muy asustados, Joaquín.
La mayoría silenciosa de Oaxaca, los que
no gritan, no marchan, no amenazan, acusan al gobierno del Presidente Fox de
haberlos abandonado. No saben cuál es la salida, pero como ciudadanos de a pie
no tienen por qué saberlo. Para eso hay gobiernos.
Con su singular interpretación del
federalismo, el Presidente Fox deja hacer y deja pasar, y ha condenado a Ulises
Ruiz a pudrirse, pero también a todo Oaxaca.
Y Oaxaca va en camino de pudrirse,
Joaquín, porque la radical Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca ya quiere una
nueva constitución estatal, para hacer realidad la autonomía del Estado.
Así las cosas, Joaquín, Oaxaca está
abandonada a su suerte, indefensos los oaxaqueños ante la violencia del hampa
política.
El gobierno del Presidente Fox, deja una
herencia envenenada al próximo Presidente: la posibilidad de que el conflicto
en Oaxaca termine con la proclamación de un Estado Autónomo. Atenco a lo
bestia.
Y todo, por proteger sus índices de
popularidad.
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