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Ayer, Joaquín, pronunciaron sendos
discursos Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón.
A mi parecer, en ambos hubo despropósitos.
Me explico.
López
Obrador ya no lucha sólo por el recuento total de votos, ahora encabeza un
movimiento, dijo, cuyo propósito es purificar a la Nación, para transformar las
instituciones de la República. Esa transformación, retó, se va a dar de una u
otra manera.
Si el Tribunal Federal Electoral aún no
determina quién será el Presidente de la República, sería una afirmación
prematura.
Y es un despropósito, Joaquín, decir que
esa transformación se dará de una u otra manera, porque las instituciones se
transforman desde el poder, o tumbando al poder.
En Querétaro, Felipe Calderón propuso una
reforma electoral, porque según dijo, el actual sistema electoral muestra
señales de agotamiento.
Pienso, Joaquín, que ese también es un
despropósito del panista.
El sistema electoral actual es el
resultado de la reforma aprobada en 1996, con la cual se ciudadanizó el IFE y
se creó el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
Con ese sistema se han celebrado apenas
cuatro elecciones legislativas federales y dos elecciones presidenciales.
La experiencia muestra que el actual
sistema electoral es perfectible. Por ejemplo, habrá que reglamentar las
precampañas, o quizá afinar procedimientos electorales.
En todo caso, Joaquín, habría que hacerle
ajustes al actual sistema electoral, cambios solamente.
Tal parece que lo que propone Felipe
Calderón es que tiremos el agua de la bañera, pero que junto con el agua
tiremos al niño.
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