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Durante el pontificado del Papa Juan Pablo
II se le preguntó a un alto funcionario del Vaticano cómo hacía Su Santidad
para evitar que se le subiera a la cabeza la veneración de las multitudes
entusiastas que se reunían a su paso.
“...El Papa reza mucho, reza con cuerpo y
alma”, fue la respuesta.
Uno se hace la misma pregunta acerca de
Andrés Manuel López Obrador.
Aunque la comparación sea odiosa, como
casi todas, es válida, porque López Obrador es admirado, respetado y seguido
por muchos mexicanos que han creído en él.
Arrebatado por los vítores de la
gigantesca multitud reunida en el Zócalo de la ciudad de México, el pasado
domingo 30 de julio le hicieron cometer un gravísimo error.
Allí en el Zócalo, el domingo 30 de julio,
convocó a la multitud a no dispersarse, a organizar una manifestación
permanente, un permanente plantón, para demostrar así la fuerza política
acumulada.
Se equivocó.
El bloqueo del Paseo de la Reforma, una
avenida vital para la vialidad de la ciudad de México, ha logrado en pocos días
ganarse la animadversión de los ciudadanos de la capital de la República.
Los más sensatos de sus seguidores,
incluyendo connotados intelectuales, han calificado el bloqueo del centro del
DF como un acto que significa un alto costo político para el PRD.
Y van a echar por la borda lo ganado.
Lástima, Enrique, porque al país le hace falta un partido de izquierda moderno
y democrático.
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