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Durante las últimas semanas de la campaña
electoral que, gracias a Dios, terminó ayer, el Instituto Federal Electoral ha
estado sometido a muchas presiones, ha sido muy criticado.
Ya muchos olvidaron que críticas similares
se hicieron al IFE que encabezó José Woldenberg.
Este IFE, el encabezado por Luis Carlos
Ugalde, ha tenido quizá más dificultades, porque ha tenido que resolver asuntos
que los partidos no quisieron resolver.
Los partidos políticos representados en el
Congreso nunca quisieron hacerle cambios a la ley electoral.
Por
eso esta campaña se hizo con las mismas reglas de hace seis años.
Pero ante nuevas circunstancias, el IFE
tuvo que suplir la falta de decisión de los partidos y mediante acuerdos
enfrentar nuevas circunstancias.
Consiguió que los partidos rindan cuentas
de precampaña. Acortó la campaña con la cuarentena navideña que impuso. Y logró
que el Ejecutivo y los gobiernos estatales dejaran de hacer propaganda 40 días
antes de las elecciones. Que los partidos acataran esos acuerdos exigió de una
labor de convencimiento.
Y así cumple el instituto con su tarea
fundamental de árbitro de las elecciones y garante de que el voto del próximo
domingo se emita en las mejores condiciones posibles de equidad.
A pesar de las críticas, la mayoría de la
gente confía en el instituto. Así que mala suerte para los críticos.
Desde hace ya más de 10 años, gracias a la
tarea del IFE tenemos elecciones que reflejan razonablemente la voluntad de los
votantes.
Los
votos cuentan, y se cuentan bien.
Y eso, Joaquín, da mucha tranquilidad.
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