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Es posible, Joaquín, que tenga razón el
vocero de la Presidencia, don Rubén Aguilar, cuando sostiene que los llamados
focos rojos no amenazan la celebración de las elecciones del 2 de julio.
Quizá los conflictos de los mineros y del
magisterio de Oaxaca son hechos aislados, pero Los Pinos y los candidatos a la
Presidencia de la República tarde o temprano tendrán que enfrentar al problema
de la inseguridad pública.
No me refiero a la inseguridad de la
delincuencia común. Esa se reducirá con una buena política de fomento al
crecimiento económico y al empleo.
Me
refiero a la creciente violencia de la delincuencia organizada. Se equivocan en
Los Pinos y los candidatos a la Presidencia de la República si creen que va a
desaparecer como por encanto esa amenaza a la seguridad del Estado.
No pueden desestimarla como lo hizo, con
una frase desafortunada, el director de la SIEDO, José Luis Santiago Vasconcelos,
al decir que los siete ejecutados de Acapulco sólo significan siete votos menos
para el 2 de julio.
Los asesinatos en Acapulco, en Cancún, en
Tamaulipas, en Zihuatanejo y en Yucatán, para citar sólo a unas pocas regiones
de la República, no son cientos de votos menos, son un verdadero desafío al
Estado Mexicano.
Y nadie quiere decirnos cómo enfrentarán
el reto de la delincuencia organizada.
Quizá, porque no saben. Sería trágico para
México, Joaquín, que los hombres de la política le tuvieran miedo a la
delincuencia organizada.
Si tuvieran miedo, Joaquín, pues apaguen
la luz y vámonos.
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