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Al término de la segunda guerra mundial,
en China dos fuerzas se disputaron el poder. Una la encabezaba el general
Chiang Kai Shek, la otra el comunista Mao Tse Tung.
El gobierno de Chiang Kei Shek, apoyado
por Estados Unidos, dominaba casi toda China. Mao se había refugiado en el
occidente del país.
Un
periodista norteamericano, Teodoro White, atravesó la China dominada por el
gobierno apoyado por Estados Unidos. Y descubrió que la población china que
vivía en esas regiones era víctima de abusos, de saqueos y hasta asesinatos por
innumerables gavillas de bandoleros que eran toleradas por los gobernantes
locales.
Escribió White: “cuando llegué a la zona
controlada por los comunistas chinos, supe que ganarían la guerra civil. En la
zona que controlaban le daban a la población la seguridad en sus vidas y en sus
bienes.”
Y ganaron los comunistas en China. Lo que
ocurrió después es otra historia.
En
México, Joaquín, la inseguridad no disminuye. Parece cada día más difícil
proteger a los ciudadanos.
Aumenta la violencia de la delincuencia
organizada. Infiltran a las estructuras policíacas. Ejecutan policías. Y quedan
impunes, como impunes quedan la mayoría de los asaltos a los ciudadanos.
Y también cada día se multiplican los
grupos que desafían a la ley, en aras de demandas políticas o sociales.
Pero la inseguridad y posibles programas
para resolverla han quedado atrapados en la perversa tesis de que ser pobre
significa ser delincuente.
Por ahora, el Estado incumple con su tarea
fundamental: proteger la vida y bienes de los ciudadanos.
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