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A pesar de los sondeos relámpago de
anoche, en mi opinión en el segundo debate entre candidatos presidenciales no
hubo un claro ganador.
La primera parte del debate, según
algunos, no fue la más interesante. Es curioso, porque en esa primera parte del
debate los candidatos se dedicaron a presentar propuestas.
Como sea, no hubo ningún damnificado,
ningún perdedor.
Fue en la segunda parte cuando intercambiaron
dardos Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador.
Se empeñaron en transmitir la idea de que
ya sólo ellos dos cuentan, que ningún otro candidato presidencial cuenta.
No creo que esa haya sido una buena idea.
Lo vimos en la mesa que coordinaste con
los dirigentes nacionales de los partidos.
¡Qué difícil fue que aceptaran siquiera
ponerse de acuerdo sobre un acuerdo!
Con grandes dificultades conseguiste que
aceptaran siquiera discutir en el curso de esta semana la posibilidad de
aceptar los resultados y convocar a la concordia después del 2 de julio.
Creo que la polarización que intentaron
crear Calderón y López Obrador es una simplificación de la realidad nacional.
A la mayoría de los ciudadanos, a los
ciudadanos de a pie, les interesa su entorno personal y familiar.
Y a esos ciudadanos, Joaquín, no les
interesan las disquisiciones ideológicas.
A esos ciudadanos, Joaquín, les interesa
mejorar su calidad de vida.
Y esa calidad de vida no podrá mejorar si
no hay un acuerdo entre las fuerzas políticas.
Un acuerdo de concordia, Joaquín, porque, gane
quien gane, tendrá que convivir políticamente con los adversarios a quienes hoy
desprecia.
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