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El ex presidente de Estados Unidos William
Clinton fue un político con enorme capacidad para ganar elecciones.
En alguna parte escribió Clinton que
cuando un candidato está en campaña tiene que prometer lo que sea, hacer todas
las promesas que sean necesarias para ganar la elección. Una vez en el
gobierno, hay que escoger una o dos de esas promesas, concentrarse en
cumplirlas.
Y si se pregonan las dos promesas
cumplidas con suficiente intensidad, pues entonces la gente olvidará las demás.
La
fórmula no puede ser tan mala, Joaquín, porque Clinton consiguió la reelección
a pesar del escándalo Lewinsky. Y fue reelegido, Joaquín, porque la promesa
cumplida fue la de una economía próspera. Le dio a Estados Unidos ocho años
seguidos de crecimiento sano. Y eso importó más que los devaneos en el Salón
Oval.
Los expertos aseguran que así son las
democracias, entonces no nos asombremos de las promesas y maravillosos
programas que ofrecen los candidatos presidenciales.
La verdad, Joaquín, en estas elecciones
nuestras, no han faltado son promesas y programas milagrosos para resolver los
asuntos del país.
En realidad propuestas han sobrado, pero
quizá no todas las recordamos, porque recordamos más las acusaciones y las
descalificaciones.
La tarea de los políticos fácil, es
prometer y prometer.
La nuestra, la de los ciudadanos, Joaquín,
sí que es una tarea difícil, se trata de decidir el próximo 2 de julio a cuál
de los candidatos le confiamos por los siguientes seis años el futuro de 103
millones de mexicanos.
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