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No hay que tener una memoria excepcional
para recordar que, no hace muchos años, uno de los temas favoritos del discurso
político era la condena del bipartidismo.
Se lanzaban angustiosas alertas contra el
daño a la democracia mexicana si sólo hubiera dos grandes partidos dominando la
escena política nacional.
Las elecciones razonablemente limpias y la
alternancia del poder se llevaron ese discurso.
Ahora,
a 33 días de las elecciones presidenciales, surge el tema del bipartidismo,
pero ya no sólo como discurso, sino como objetivo.
Tanto
Felipe Calderón como Andrés Manuel López Obrador hacen lo que pueden para
convencernos de que para las elecciones presidenciales sólo hay dos opciones.
En una de las entrevistas de López Obrador
esta semana, sostuvo la idea de que sólo hay espacio para únicamente dos
agrupamientos políticos.
Dijo que poco a poco se irán al PRD todos
los políticos y militantes de centro izquierda que ahora están en el PRI.
Y que todos los políticos y militantes del
PRI que son de centro derecha se irán al PAN.
Calderón no lo ha dicho, pero hace todo
para atraer a los priístas o presuntos priístas que podrían identificarse con
su proyecto político.
No sé, Joaquín, si le convenga a México y
a su democracia germinal que haya una polarización de esa naturaleza.
Creo que esa una visión maniquea de la
realidad. Un escenario político en el que sólo figuramos nosotros y los otros.
Y, claro, nosotros somos los buenos y los
otros, obviamente son los malos.
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