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Hace 20 años, el Presidente de Estados
Unidos Ronald Reagan negoció con el congreso una reforma migratoria.
Se aprobó una reforma que reforzaba la
seguridad fronteriza y la aplicación de las leyes migratorias.
Se sancionaba a quienes emplearan
ilegales, pero se legalizó a dos o tres millones de indocumentados. Hubo
condiciones: pagar una cuota por la solicitud de residencia temporal, tiempo
después podían aplicar para residencia y cinco años después de ser residentes
legales, podían solicitar la ciudadanía.
Por supuesto no eran beneficiados aquellos
que hubieran cometido delitos graves o tres infracciones menores. Aquello fue
una amnistía para los ilegales.
Nada nuevo hoy que discute el Senado de
Estados Unidos una reforma migratoria.
Sólo que ahora las circunstancias han
cambiado, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001.
Tienen los legisladores norteamericanos el
problema que la mayoría de sus votantes no quieren oír la palabra amnistía.
Saben Bush y los legisladores
norteamericanos que deben atender el problema de 12 millones de indocumentados
en su territorio, pero no hallan cómo.
Tienen un problema, Joaquín.
Y en este año de elecciones legislativas
en Estados Unidos, deben crear la percepción de seguridad entre sus electores,
sin perder la mano de obra que necesitan tantos y muy ricos sectores de la
economía norteamericana.
¿Por qué no dejarlos que ellos se
preocupen por la reforma migratoria?
Recordemos aquella vieja historia: Abraham
no podía dormir porque no tenía dinero para pagar su deuda con Isaac.
Aconsejado por su esposa, se lo dijo a Isaac.
Y entonces, Joaquín, quien perdió el sueño
fue Isaac.
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