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Ayer, Joaquín, se celebró el Día del
Maestro.
Y
vienen a la mente algunas descripciones de la tarea del maestro, como aquella
que dice que el verdadero maestro no es el que impone sus opiniones a sus
alumnos, sino el que ilumina sus mentes.
La labor del maestro no siempre es valorada,
Joaquín, pero gracias a ellos, México logró la hazaña de la alfabetización. Y
no es hazaña menor, Joaquín, porque pasamos de ser un país en el cual el 85 por
ciento no sabía leer ni escribir, a uno en el cual sólo el 10 por ciento es
analfabeta.
Y eso se logró a pesar de la explosión
demográfica del pasado siglo, pues en cuarenta años la población se duplicó.
Todos, Joaquín, recordamos a los maestros
que tuvimos en primaria. Como en la mayoría de las sociedades, en México los
maestros no son de los profesionales mejor pagados, más bien están entre los
mal pagados.
Pero ninguno de los maestros que tuve,
Joaquín, jamás nos enseñó amargura o frustración, todo lo contrario.
Por eso, qué pena me dio ver ayer a
personajes que se dicen maestros pelear para derribar las vallas metálicas de
la Secretaría de Gobernación.
Cómo pueden decirse maestros tantos de la
Coordinadora del magisterio que se comportan como salvajes. Frente a esos
salvajes, Joaquín, están los otros, los cientos de miles de maestros que sin
estridencias instruyen a nuestros hijos y nietos.
Afortunadamente, Joaquín, los salvajes de
la Coordinadora no representan a los verdaderos maestros de México.
Esos, no son los maestros de México.
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