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Todavía no se terminan de esclarecer los
hechos de San Salvador Atenco. Y no me refiero a las presuntas
responsabilidades que se reclaman, sino a cómo ocho vendedores de flores se
volvieron la clave para que revivir a Rafael Sebastián Guillén, el llamado
“subcomandante Marcos”.
No sé si, como dicen algunos, lo de Atenco
se urdió como una confrontación. Quizá, como sea, parece que los macheteros de
Atenco no esperaban la reacción de las autoridades.
Y el único que gana en este lance es el
tal “Marcos”, quien consigue de nuevo atraer los reflectores y ubicarse en el
escenario político.
Aprovecha la violencia en Atenco para
revivir sus añejas y polvorosas tesis políticas y para revitalizar a un
movimiento que, para decirlo en bonito, se estaba pudriendo.
Marcos se convierte en lo que siempre ha
soñado: la fuerza que desestabiliza al proceso electoral, un proceso electoral
en el que no cree, como se dijo ayer en este tu espacio.
Y es hábil, porque ayer, así como no
queriendo, le dio el beso del diablo a López Obrador, al pronosticar que el
perredista ganará la elección presidencial. Dándole con eso municiones a sus
adversarios.
Con esa sola declaración se coloca como
tema de la contienda electoral, lo cual es una paradoja, pues no cree en las
elecciones.
Por lo pronto, con la condescendencia de
los medios se coloca en la posición de dañar el proceso electoral.
Y si corre con suerte, hasta realizar su
sueño: el descarrilamiento del proceso electoral.
Y si lo consigue, Joaquín, perdemos todos.
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