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Una decisión municipal de reordenamiento
del centro de Texcoco se convirtió en violento motín. Todo por la posesión de
un trozo de banqueta para que lo ocupen ocho vendedores de flores.
La televisión mostró el salvajismo de los
grupos amotinados en Atenco.
Ni
el discurso histérico de la dirigente de Atenco América Valle justifica la
barbarie.
La violencia en Atenco cierra un círculo,
el círculo que se empezó a trazar a principios del sexenio, cuando la violencia
callejera mostró la incapacidad para negociar del gobierno de Fox.
Los prejuicios, las ambiciones de muchos
funcionarios hicieron imposibles negociaciones realistas, con acuerdos formales
e informales.
Y fracasó el proyecto del sexenio, el
nuevo aeropuerto para la ciudad de México. Después de la derrota los operadores
políticos del gobierno del Presidente Fox decidieron aplicar la receta de dejar
hacer y dejar pasar.
Se
toleró un municipio autónomo, ajeno a la estructura política nacional. Se
toleraron innumerables manifestaciones violentas. Creyeron que bastaba con
dejar a San Salvador Atenco a que se ahogara en su propia bilis.
Y se permitió que cundiera en Atenco la
infección del anarquismo, refugio de los parias políticos.
Ahora, en el ocaso del sexenio, en Atenco
estalla un motín, con una violencia irracional, salvaje, Joaquín.
Ahora, en el ocaso del sexenio, descubren
que si en economía no siempre funciona la receta del dejar hacer y dejar pasar,
es la peor receta política para gobernar, la peor, Joaquín.
Y, en el peor momento, esa receta no
despertó al México bronco, Joaquín, despertó al México bárbaro.
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