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Ayer fue un jueves negro, Enrique.
Primero, la muerte de dos mineros en la
planta de Sicartsa de Lázaro Cárdenas, Michoacán, saldo del fallido intento de
desalojar las instalaciones tomadas desde hace casi tres semanas para exigir el
reconocimiento de Napoleón Gómez Urrutia como líder del sindicato.
Todos nos debemos preguntar, ¿cómo se
llegó a la violencia? Pues como siempre, Enrique, cuando se acumulan
circunstancias y errores, terquedad y arrogancia, la realidad nos rebasa.
Lo trágico, Enrique, es que dos mineros
mueren sacrificados por la ambición de Napoleón Gómez Urrutia, a quien no le
importan cuantas muertes ocurran, si él gana.
Y el gobierno del Presidente Fox, Enrique,
como el cohetero, si no utiliza la fuerza pública lo abuchean. Y lo abuchean si
la utiliza.
Luego, están los decapitados en Acapulco.
Un comandante y un policía.
“...Para que aprendan a respetar”,
sentenciaba el letrero colgado de la reja donde colocaron las bolsas con las
cabezas de los asesinados.
Respetar, en la jerga criminal, Enrique,
es no hacerles nada a los narcos, no combatirlos.
Las autoridades de Guerrero están
aturdidas, tanto que el alcalde Félix Salgado Macedonio hizo declaraciones que
parecen conciliatorias para con las bandas criminales.
Las decapitaciones, Enrique, ya son algo
más que violencia de criminales. Las decapitaciones son actos de auténtico
terrorismo.
Son expresiones de barbarie, de
salvajismo.1
Jueves para reflexión de los candidatos
presidenciales, a quienes hay que recordarles aquella frase de don Porfirio
Díaz: para gobernar a México no basta con sentarse en la silla presidencial.
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