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La democracia, decíamos todavía el año
pasado, abre los espacios para que la elección del Presidente de la República
sea una contienda ejemplar.
Tenemos las reglas y las leyes para
asegurarnos que la elección del próximo Presidente sea un proceso ordenado y
pacífico, como hace seis años.
Pero, a 11 semanas de las elecciones del 2
de julio de 2006, tal parece que los actores políticos están dispuestos a
romper con esas reglas.
Son reglas que han costado mucho trabajo y
mucho dinero. Costó mucho disponer de un padrón confiable de los votantes.
Costó y cuesta mucho tener dos organismos que son los árbitros probadamente
imparciales de las elecciones.
Gracias a ese trabajo, esfuerzo y dinero
invertido tenemos elecciones razonablemente limpias.
Los
árbitros electorales, el IFE y el Tribunal Federal Electoral han pasado ya la
prueba de cuando menos tres elecciones federales y una presidencial.
Pero recientemente parece que los
políticos y los partidos están dispuestos a desprestigiar y cuestionar a los
organismos que nos garantizan las elecciones confiables.
Todos los partidos parecen dispuestos a
reventar a los dos organismos encargados de garantizar la limpieza de las
elecciones.
Y así, Joaquín, los políticos y los
partidos, con su irresponsabilidad, empiezan a crear las condiciones para que
el proceso de la campaña y la elección presidencial sea turbulento.
Cada vez está peor la violencia verbal, que
podría convertirse en violencia electoral.
Ya sólo falta que ahora nos digan que
también la violencia electoral es democrática.
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