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Ayer se sintió correr cierto entusiasmo en
México porque los senadores de Estados Unidos llegaron a un acuerdo acerca de
la reforma migratoria.
Sin embargo, Joaquín, desde anoche una
minoría republicana quiere hacerle cambios y todo indica que el Senado
norteamericano se irá al receso de dos semanas por la Pascua. Y será hasta
entonces cuando sepamos si algo negociaron.
Aunque
salga hoy el acuerdo, todavía tendrían que venir difíciles negociaciones con la
Cámara de Representantes, donde aprobaron el pasado diciembre una ley que es
dura, muy dura contra los migrantes.
Y sería quizá para el próximo año cuando
podrían legalizar su estancia casi siete millones de indocumentados, algo que
no se veía desde hace 20 años, cuando Ronald Reagan legalizó a 3 millones de
indocumentados.
Aún así, Joaquín, todavía vendrían a
México más de dos millones y medio de mexicanos, unos temporalmente para
regresar legalmente, pero más de millón y medio serían deportados.
Tendrá el siguiente Presidente de la
República un problema: ¿cómo enfrentará a Estados Unidos cuando los
norteamericanos empiecen a perseguir a los indocumentados que tienen menos de
dos años de vivir y trabajar en su territorio?
Y luego, Joaquín, qué hacer con los dos
millones de mexicanos que vendrán a México temporalmente, mientras arreglan sus
papeles para regresar a trabajar legalmente.
¿Y qué hacer con el millón y medio que
serán deportados permanentemente?
Cierto, una reforma migratoria en Estados
Unidos es un avance, pero también, Joaquín, a México le podría salir más caro
el caldo que las albóndigas.
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