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Hoy, Joaquín, en la Cámara de Diputados se
reúne la República para rendirle homenaje a don Benito Juárez, figura central
en la construcción de la Nación mexicana.
La Presidencia de 14 años de Benito
Juárez, años de guerra civil y de invasiones extranjeras, demostró que pese a
todo en México era posible la gobernabilidad.
La historiadora Josefina Zoraida Vázquez
se queja de que la figura de Benito Juárez se convirtió en un mito impasible;
lamentablemente también en estandarte de una lucha ideológica y política que
tantos mantienen vigente.
Es
inconcebible, Joaquín, pero a 200 años de su nacimiento muchos mexicanos siguen
peleando las batallas de los liberales y conservadores del siglo 19.
Y la disputa se convierte en una especie
de batalla de religión.
Inútil batalla, Joaquín, pues como hoy
explica la historiadora Bertha Hernández, Juárez pudo ser comecuras y
anticlerical, nunca ateo o antirreligioso. Y asegura, ni Juárez ni las dos
generaciones de liberales que le acompañaron en los tiempos difíciles dejaron
de profesar el catolicismo.
Llama la atención que Juárez sea el
pretexto para que las élites mexicanas vuelvan a meter a México en un debate
resuelto hace 150 años. Un debate intolerante alentado por intelectuales de
quienes tendríamos que esperar más lucidez.
Otra vez, Joaquín, son las élites
mexicanas las que alientan la intolerancia, como si la intolerancia no hubiera
desgarrado a la nación que gobernó Juárez.
La tolerancia, Joaquín, es el rasgo
fundamental del liberalismo. Sin ella, estamos condenados a repetir el pasado.
La intolerancia favorece al odio, al
rencor y a las ambiciones políticas más mezquinas.
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