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Muchos aseguran que Felipe Calderón ha
dado un giro hacia lo políticamente correcto, luego de que en la entrevista que
le hiciste en tu noticiero dijera que está a favor de la vida, contra la
píldora del día siguiente y contra el matrimonio entre homosexuales.
No creo que haya dado un giro Calderón.
Calderón no halla como enfrentar el prejuicio
que enfrenta todo político católico: una cruda intolerancia a su creencia,
intolerancia disfrazada de defensa del Estado laico.
Son temas delicados sobre los que Calderón
ha sido incapaz de explicarse.
Su mejor argumento es que la obligación
esencial de un Presidente de la República es respetar las leyes vigentes y la
Constitución. Eso es lo que jura cuando toma posesión.
Las leyes vigentes sobre aborto y
matrimonio sólo puede cambiarlas el Poder Legislativo. Si las cambia, la
obligación del Presidente, católico o no, es cumplirlas y hacerlas cumplir.
Podrá oponerse y operar para evitar que se
aprueben leyes con las que no está de acuerdo, pero si se aprueban, sólo le
queda cumplirlas.
Un Presidente de la República, Joaquín,
por ejemplo, de acuerdo con el México real, puede estar a favor de la pena de
muerte; pero ya no es legal. Luego no podrá el Estado que encabeza ejecutar a
nadie.
Calderón sólo debe comprometerse a cumplir
y hacer cumplir las leyes que aprueba el Congreso.
Ni el más trasnochado jacobino
decimonónico puede estar contra eso.
Así se reivindicaría el derecho que los
católicos tenemos a actuar en la política, derecho que parecen negarnos tantos
profetas de la democracia.
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