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Faltan 17 semanas para las elecciones,
Joaquín. Y López Obrador sigue encarrerado para desesperación de sus
adversarios, quienes todavía hacen ajustes a su estrategia y a sus equipos de
campaña.
Es normal, dicen muchos, que haya dimes y
diretes entre los partidos y sus candidatos. Claro que es normal, Joaquín.
Lo que no debe ser aceptado como normal es
que el discurso de los candidatos a la Presidencia de la República sea cada día
más violento. Violencia son los insultos, y violencia es la burla.
Nunca se repetirá lo suficiente, Joaquín:
la violencia verbal no es inofensiva.
Y mientras en los medios las élites discuten sobre los debates, sobre la
mercadotecnia electoral y sobre las encuestas, allá afuera, en el México real,
la violencia verbal empieza a generar un peligroso clima de intolerancia y
fanatismo.
El discurso de los candidatos
presidenciales está yendo más allá de la clásica exageración de que acá estamos
los buenos y allá están los malos.
Con perversa irresponsabilidad, Joaquín,
explotan el odio y el rencor, explotan el resentimiento social. Y hasta les
divierte reventar con provocadores los mítines de sus adversarios.
Pero ni la intolerancia, ni el
resentimiento, ni la violencia verbal son inofensivos, Joaquín.
Todas las campañas por la Presidencia han
olvidado las lecciones de hace doce años, aquel |sangriento 1994.
No despierten al México bárbaro, advertía
Reyes Heroles.
Se equivocan quienes piensan que una vez
despierto el México bárbaro ellos podrán controlarlo.
El México bárbaro, Joaquín, siempre ha
devorado a quienes lo han despertado.
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