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Ya
lo hizo una vez el señor Eduardo Gallo, quien con tenacidad atrapó a unos
secuestradores. Sin colaboración de las autoridades policíacas.
Ha
ocurrido otra vez, la señora María Miranda de Wallace denunció el secuestro de
su hijo Hugo Alberto.
Ante la inactividad de la PGR, se dedicó a
investigar.
Localizó poco a poco al cabecilla y a sus
cómplices, y se los entregó a la policía.
Entonces
la PGR los arraigó, pero Hugo Alberto había sido asesinado por sus
secuestradores.
La
batalla de la señora de Wallace, Joaquín, es ahora para conseguir localizar el
sitio donde enterraron el cuerpo de su hijo.
Y
con los grandes espectaculares desplegados con la foto del criminal César
Freyre, intenta lograr que otras víctimas lo identifiquen para fincarle más
cargos.
Admirable la indomable voluntad del señor
Eduardo Gallo y de la señora de Wallace, Joaquín.
Es
una vergüenza que esos dos ciudadanos tengan que hacer la tarea que corresponde
a las autoridades. Pero nadie se ruboriza siquiera. Nadie siente pena porque
dos ciudadanos hayan tenido que hacer el trabajo de las autoridades.
Es
una tragedia que la sociedad siga indefensa ante las bandas de la delincuencia
organizada, cuyos actos criminales quedan impunes gracias a la indolencia de
las autoridades.
Esta mañana, Joaquín, el vocero de la
Presidencia de la República asegura que en la guerra contra la delincuencia
organizada no están en juego la seguridad y estabilidad del Estado.
¡Qué bueno, Joaquín!
El
Estado está seguro y estable.
¿Y
los ciudadanos? Bueno, pues que se defiendan como puedan.
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