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En su novela el gran Gatsby, Scott Fitzgerald
hace una afirmación especial: los ricos son distintos a las demás personas.
Pienso, Joaquín, que esa misma afirmación
se puede aplicar a los políticos, son distintos a las demás personas.
Están dispuestos a enfrentar que su vida
sea ventilada públicamente, a que sus familias sean sometidas a implacables
revisiones públicas. Tienen que ser políticamente correctos en todo. Si fuman,
lo tienen que hacer en privado. Si toman deben sólo probar, aunque quieran
tragarse la copa completa.
Y
deben tener una salud de hierro, para aguantar horarios indecentes y además hay
que comer de todo, de todo lo que les ofrecen cuando están en campaña.
Sobre todo, Joaquín, todo mundo les dice qué
tienen que hacer. Y cuando lo hacen, sobran aquellos que les critican por eso.
Requieren de una salud mental de hierro.
Cualquiera de nosotros se volvería esquizofrénico
si fuera candidato presidencial.
Se les exige a los candidatos
presidenciales que conduzcan campañas civilizadas, de propuestas.
Lo
hacen, y entonces se les critica porque las campañas no emocionan a los
ciudadanos, no motivan a los votantes.
Deciden darle emoción a las campañas, empiezan
a criticarse unos a otros. Y salen las opiniones de que no deben emplear la
violencia verbal.
Es
como para volverse loco. Como para gritar, Joaquín.
Bueno, por eso nosotros no somos candidatos ni
presidenciales ni a ningún otro puesto de elección popular.
No
somos candidatos porque no somos políticos, porque, como dije al principio,
Joaquín, los políticos son distintos a las demás personas.
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