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Después de años de tolerancia, el gobierno
federal había decidido meter en cintura a los gasolineros.
Comprobó que algunos de ellos vendían litros
incompletos. Y sospecha que algunos forman parte de la red de combustibles
robados a Pemex. Se concluyó que algunos de sus equipos son obsoletos.
Había, pues, Joaquín, buenas razones para
intentar meterlos en cintura.
Se clausuraron 14 gasolineras, de más de 7
mil que operan en la República.
Los gasolineros gritaron y reclamaron.
Amenazaron con un paro de todas las
gasolineras en 22 Estados del país.
Hasta ahí llegó la voluntad del gobierno para
meterlos en cintura.
Anoche, en Gobernación, acordaron levantar las
clausuras y establecer una mesa de negociaciones. O de trabajo, como dijeron en
la Secretaría de Economía.
Se
conjuró el paro de gasolineras, proclamaron los diarios esta mañana.
Ahora no fue la rebelión de los machetes de
Atenco, sino la rebelión de las bombas de gasolina la que hizo recular al
gobierno de la República.
Y están tan engallados los gasolineros,
Joaquín, que la presidenta de dicha organización en Puebla y Tlaxcala reconoció
tranquilamente que sí venden litros incompletos. “Tenemos un límite de
tolerancia. Es legal”, aseguró.
Inútil que las autoridades digan que es
ilegal, inútil porque ya no los metieron en cintura.
Los dejarán hacer, porque la rebelión de
las gasolineras doblegó al gobierno.
Y, Joaquín, un apunte al margen.
Tranquilo. El acoso a los medios y a los comunicadores es una táctica fascista.
La empleaban con frecuencia las hordas de camisas café de Adolfo Hitler.
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