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Hombres armados ingresaron al edificio del
diario Mañana de Nuevo Laredo y dispararon contra el personal de la redacción.
Sólo una persona resultó herida,
gravemente herida, por cierto, Joaquín.
Por supuesto que las autoridades, tanto
federales como locales, han ofrecido lo de siempre: se castigará a los
responsables, caerá sobre ellos todo el peso de la ley.
Pero, como siempre, Joaquín, el atentado
contra un periódico quedará impune, como quedaron impunes 1,500 ejecuciones del
año pasado.
Quizá, como en unos pocos casos, detengan
a los autores materiales del atentado, pero nunca a quienes los mandaron a
disparar contra los periodistas.
Hoy cuenta Jesús Blancornelas de un
periodista norteamericano contra quien atentó la mafia hace muchos años. Narra
como un grupo de reporteros de varios medios se dedicó a investigar.
Consiguieron identificar a los criminales, fueron detenidos y encarcelados.
Allá, en Estados Unidos, Joaquín, los
reporteros contaron con la total protección y respaldo de las autoridades
policíacas. Aquí no estoy tan seguro que puedan conseguirlo. O que les sirva de
algo.
Nadie es inmune a la violencia del
narcotráfico, Joaquín, nadie. Esa violencia y su poder corruptor se extienden
incontenibles.
Las
autoridades, federales, estatales y locales, son impotentes ante la violencia y
ante la corrupción.
Nadie quiere siquiera pensar en medidas más
drásticas contra el narcotráfico y sus cómplices en las estructuras policíacas.
Hasta el más optimista debe reconocer que es
insuficiente lo hecho hasta ahora.
Pero no, Joaquín, seguimos creyendo que a la
violencia del narcotráfico se le puede derrotar sólo con discursos.
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