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Han empezado las campañas por la
Presidencia de la República.
Ya no habrá reposo, ni treguas, ni pausas
para los candidatos presidenciales.
Serán 23 semanas de campaña, semanas durante
las cuales nosotros los ciudadanos pagamos para que los candidatos nos
convenzan de que debemos votar por ellos.
Ojalá y nos las desperdicien en insultos y
descalificaciones, en una campaña sucia.
Nosotros, los que pagamos las campañas,
queremos que nos convenzan de votar por alguno de ellos, no pagamos para ver
una lucha en el lodo.
Hoy
se abrió la compuerta de la tregua navideña y los medios se inundaron de
declaraciones y mensajes publicitarios. Al silencio ha seguido un escándalo
ensordecedor.
Ni
modo, así son las contiendas democráticas, una competencia por hacerse oír.
Ojalá y aguantemos.
Tu auditorio, Joaquín, recordará aquellos
cursis encabezados que calificaban las elecciones como “una fiesta de la
democracia”.
Pues, Joaquín, ahora hay que creerlo. En
muchos países todavía los ciudadanos no tienen el privilegio de elegir con su
voto a sus gobernantes.
Tenemos elecciones confiables, elecciones
en las que los votos cuentan y son bien contados. Elecciones que reflejan
razonablemente la voluntad de los ciudadanos.
Y, a pesar de algunas declaraciones
estúpidas, las instituciones electorales son confiables y capaces de resolver
cualquier conflicto surgido de las elecciones.
Es
responsabilidad de los partidos y sus candidatos. Están obligados a respetar
las normas legales y a las instituciones electorales.
La nuestra, Joaquín, es ir a votar el
próximo 2 de julio.
Recordando que con ese voto decidiremos
el futuro de la Nación.
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