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Muchos lamentan el fracaso de la ley del
voto de los mexicanos en el extranjero.
No puede llamarse más que fracaso una ley
que suponía que millones de mexicanos que viven en Estados se volcarían a
realizar los trámites para votar en las elecciones presidenciales y lo único
que se ha conseguido es el registro de unos pocos miles, no más de cinco mil
solicitudes.
La verdad, Joaquín, el resultado no podía
ser otro.
Son millones los mexicanos que están
ilegalmente en Estados Unidos. Y por mucho que quisieran votar, estarían locos
si se arriesgaran a ser deportados sólo por el gusto de votar.
Y luego la ley que aprobaron los
diputados, Joaquín.
Como todos los partidos sospechan del otro, la
ley del voto de los mexicanos en el extranjero nació del sospechosismo, como
dijo un clásico reciente.
Tanto quisieron evitar que un partido tomara
ventaja del voto de los emigrados que crearon una enredada madeja de trámites
para que puedan votar.
Le
quisieron echar la culpa al IFE, pero al final de cuentas todos sabemos que la
ley es tan enredada que aún los emigrados que quieren votar perdieron el ánimo
ante lo complicado del trámite.
Al menos en las próximas elecciones
presidenciales, Joaquín, todo apunta a que el voto de los mexicanos en el
extranjero será un fracaso, porque la ley nació de la sospecha.
Ese es el cáncer que corroe a la sociedad
mexicana. No confiamos uno en el otro.
Quizá tenía razón el clásico: vivimos en
permanente sospechosismo.
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