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Casi a diario, Joaquín, se habla de la
impunidad en la ciudad de México y en toda la República. Y se repite que la
impunidad alimenta la inseguridad pública.
Ahora que escuchamos maravillosos programas y
grandiosos proyectos para combatir la inseguridad, nos damos cuenta que son las
mismas de hace doce o quince años.
El
México real ofrece mejores ejemplos de la causa de la impunidad.
Hace unas semanas fue asaltado un hogar,
cuando sus habitantes no estaban. Los ladrones saquearon lo que quisieron.
Obviamente, cuando llegaron los dueños de
la casa llamaron a las autoridades para denunciar el robo.
Llegaron los policías y llegó el personal
de la policía judicial del Distrito Federal.
Empezaron a recorrer la casa y a
preguntarles a las víctimas del robo qué se habían llevado de cada mueble, de
cada habitación.
Eso
sí, hicieron una detallada lista de todo lo robado.
Una
de las víctimas del robo, que seguramente ve muchas series de televisión, le
preguntó al personal de la policía judicial del Distrito Federal si no iban a
intentar encontrar las huellas digitales de los ladrones.
¿Para qué? Respondió un agente. Aunque
obtengamos las huellas, no tenemos banco de datos donde pudiéramos buscarlas
para cotejarlas.
No, pues vamos bien, Joaquín.
Si no toman huellas digitales en las
escenas de crímenes, porque no hay archivo para encontrarlas, ¿cuándo crees que
podrían detener a los ladrones de esta casa habitación? ¿Cuándo detendrán a
cientos, a miles de ladrones?
Nunca, Joaquín, nunca.
Esa es la impunidad, no cuentos.
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