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Hay un discurso machacante desde el
gobierno y desde el sector privado acerca de la urgencia de hacer lo que llaman
las reformas estructurales, esto es, la apertura del sector energético, del
sector de las comunicaciones, y las reforma fiscal y laboral, entre otras.
Nos
aseguran que con estas reformas de inmediato se dispararía la inversión
extranjera en México. Y, por supuesto, que se reanudaría el ritmo del
crecimiento económico que necesita el país para generar los empleos para los
mexicanos.
Y, claro, Joaquín, nos dan ejemplos de
cómo otros países, de desarrollo similar al de México han avanzado rápidamente
a raíz de las reformas estructurales que hicieron.
Supongo, Joaquín, que tienen razón todos esos
expertos.
Pero cuando uno confronta ese discurso con la
realidad se encuentra con las contradicciones.
Es
cierto, Corea, Singapur, India y China han tenido un gran crecimiento, pero no
sólo por las tales reformas estructurales, han tenido desarrollo rápido y
creado empleos porque han invertido en la educación hasta lo que no tuvieron.
Aquí, Joaquín, quieren las reformas, pero no
quieren invertir en la educación.
Hoy
se publica un desplegado en el cual se revela que en el presupuesto federal
para el año próximo no sólo no se aumenta el presupuesto para las universidades
públicas, sino que se reduce.
Otra vez, Joaquín, la gran injusticia. Se le
regatea el dinero a las universidades públicas.
Y
se ahonda la brecha de la desigualdad.
Y
nadie oye el tic tac de la bomba de tiempo que ya tiene la mecha encendida.
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